Imagínate oler la piel de las piernas de una mujer,
abriéndose,
rozar tus ojos, nariz, labios
y aspirar ese aroma fuerte y puro,
saborear ese pantano deseoso de que te zambullas en él,
de sumergirte en su humedad,
de agitar olas del placer.
Sudor y hormonas que te vuelven loco,
tacto de suave lycra que se lleva tu razón
dejando más que a un ser humano pasional,
a un animal.
Imagina emborracharte del calor
que desprende esa cárcel del amor
y masticar despacio la ambrosía
gozando de cada pequeño bocado
seguido de un guiño con picardía.
Ser el rey del pecado
seducido por una hermosa diosa,
agarrar su cabello dorado,
sujetarla de piernas y manos,
susurrarle al oído "ya te he cazado"
mientras contra la pared del pasillo la empotras.
Y cuando por fin llegues al suelo
y te haya chupado todas las energías,
poder regodearte en el consuelo
de que te abrace y pegue a ti sus pechos,
de que te mire a los ojos y sepas
que se quedará a tu lado hasta que sea de día.