Ni una lágrima suelta el muchacho,
mirando el ataúd
con la cabeza alta.
Ni una lágrima cae por su rostro,
mientras consuela a su madre
encabezando la marcha.
Ni una lágrima cede,
sólo rabia
de no ser él
quien lo porta.
Lloró mucho de niño
y aprendió a ser hombre,
rió mucho de alegría
y aprendió a ser tristeza.
AHORA
el alegre muerto
llevado por hombres tristes
SE VA
dejando tras de sí
sólo a un muchacho
sin lágrimas.

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